San Sebastian, Donostia, Geografia e Historia


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4.1.1 El Bajo Urumea en la prehistoria:
Hace 25.000 años: En la época de los cazadores-re-
colectores.
HISTORIA
4.1
EL BAJO URUMEA EN ÉPOCA 
PREHISTÓRICA Y ANTIGUA
María Teresa IZQUIERDO

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Geografía e Historia de Donostia / San Sebastián
A lo largo del Cuaternario el paisaje ha experimen-
tado importantes transfomaciones en función de las 
oscilaciones climáticas, y más recientemente, de la 
mano del hombre. La alternancia de períodos glacia-
res e interglaciares caracteriza precisamente la pri-
mera de las dos fases en las que se suele dividir el 
Cuaternario, es decir, el Pleistoceno.
Los estudios realizados hasta el momento han per-
mitido constatar que hace unos 30.000 años, en ple-
na glaciación Würm (último período glaciar conocido, 
que  transcurre  aproximadamente  entre  el  100.000 
y el 10.000 B.P), el casquete glaciar invadía buena 
parte de Europa, y las bajas temperaturas reinantes 
reducían el volumen de las aguas continentales apor-
tadas a la masa oceánica, hasta el punto de que la 
línea de costa se encontraba a varios kilómetros mar 
adentro de la actual (se calcula que de unos 12 a 15 
km según los puntos).
Desde el final de la última glaciación, a lo largo de 
una prolongada y oscilante transición hacia el clima 
actual, las aguas marinas han ido invadiendo la franja 
de  tierras  que  en  plena  glaciación  eran  tierra  firme 
hasta perfilar la línea de costa actual. Por esta razón, 
es presumible que esa franja de varios kilómetros de 
anchura  fuera  habitada  y  explotada  por  grupos  de 
cazadores-recolectores del paleolítico y por tanto en 
ella pudieran encontrarse vestigios materiales de sus 
actividades. Hoy por hoy estos hipotéticos vestigios 
no han sido localizados, pero no debemos perder de 
vista  esta  diferente  situación  geográfica  de  la  zona 
objeto de nuestra exposición, sólo desde hace unos 
10.000 años costera y hasta entonces alejada del li-
toral en varios kilómetros.
Para hacernos una idea aproximada del medio am-
biente y los modos de vida de los grupos humanos 
que  durante  el  Paleolítico  habitaron  y  explotaron  el 
bajo Urumea nos valdremos de los yacimientos loca-
lizados en las cuevas de Aitzbitarte, situadas sobre el 
arroyo de Landarbaso, curso tributario del Urumea. 
Los trabajos arqueológicos realizados hasta la fecha 
en estas cuevas han permitido recuperar evidencias 
materiales que nos acercan a las circunstancias en 
las que se desarrolló la vida de sus ocupantes desde 
hace unos 25.000 años.
Efectivamente, las huellas más antiguas de la ocu-
pación humana del entorno de Landarbaso son da-
tables en el Paleolítico superior inicial (hace unos 
25.000 años). Dado que no disponemos de estudios 
paleobotánicos procedentes de estos yacimientos, 
hemos de recurrir a los estudios de pólenes proce-
dentes de otros yacimientos más o menos próximos, 
para hacernos una idea del paisaje vegetal que ser-
vía de escenario a las actividades subsistenciales de 
los primeros pobladores del bajo Urumea. Así conta-
mos por ejemplo con los yacimientos de las cuevas 
de Isturitz y Amalda, cuyos diagramas polínicos para 
este período han sido interpretados como indicado-
res de un paisaje de estepa, propio de un ambiente 
frío y seco que se suaviza en el paleolítico superior 
medio, es decir, hace unos 18.000 años (ISTURIZ, 
SANCHEZ 1990, p. 280). Evidentemente, el paisaje 
vegetal determina a su vez el espectro de especies 
animales cuya existencia es viable en este escenario. 
Ambos elementos, vegetación y fauna, indisociables 
en cualquier ecosistema, constituyen la gama de re-
cursos potenciales básicos para la subsistencia de 
los grupos de cazadores-recolectores del Paleolítico.
Es difícil, sin embargo, llegar a determinar la impor-
tancia de la alimentación de origen vegetal, por falta 
de estudios de tipo arqueobotánico. En cambio, a tra-
vés de los restos faunísticos recuperados en las cue-
vas de Aitzbitarte III y IV podemos caracterizar grosso 
modo la dieta alimenticia de sus pobladores en lo que 
respecta a su componente de origen animal.
Así, en todos los niveles de Aitzbitarte IV las especies 
mejor representadas entre los mamíferos ungulados 
son el ciervo y el sarrio; pero también aparecen en 
una proporción mucho menor los grandes bóvidos, la 
cabra montés, el corzo y el caballo (ALTUNA 1972, 
p. 161). En cambio, en Aitzbitarte III, según las infor-
maciones publicadas hasta el momento por J. Altuna, 
director de la excavación todavía en curso, predomi-
nan los grandes bóvidos, bisonte y uro, siguiéndoles 
el ciervo y el sarrio (ARKEOIKUSKA 92, p. 187; AR-
KEOIKUSKA 96, p. 132).
Pero desde el final del Paleolítico Superior medio y 
en  especial  durante  el  Paleolítico  Superior  final,  en 
los niveles adscritos al Magdaleniense (hace entre 
15.000 y 10.000 años), se detectan cambios destaca-
bles en las prácticas subsistenciales. Junto con una 
tendencia a la caza especializada, que se deduce del 
todavía más acusado predominio del ciervo y el sarrio 
con respecto a las etapas precedentes en Aitzbitarte 
IV, se advierte por otra parte la existencia de una ac-
tividad de marisqueo que, aunque ya existía en fases 
precedentes y en otros yacimientos, como Isturitz, 
Urtiaga o Amalda, sin embargo, no parecía dirigida 
tanto a la alimentación sino a la obtención de mate-
rias primas para la confección de objetos de adorno 
(en forma de colgante, por ejemplo).
En cualquier caso, la importancia del marisqueo con 
respecto a otras prácticas subsistenciales como la 
caza sería todavía secundaria, sobre todo si la com-
paramos con la que alcanzará en el Epipaleolítico, 
fase de transición que supone el final del Paleolítico 
coincidiendo con el final de las glaciaciones y por tan-
to del Pleistoceno.
 
Su cultura material:
El mobiliario fabricado por los habitantes de las cue-
vas de Aitzbitarte y recuperado en el transcurso de 
las  diversas  campañas  de  excavación  llevadas  a 

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Geografía e Historia de Donostia / San Sebastián
cabo hasta el momento se compone fundamental-
mente de utillaje lítico y óseo. Es más que posible 
que también se empleara la madera, sobre todo para 
la fabricación de útiles líticos (percutores) así como 
para el enmangue de armas arrojadizas, cuchillos y 
otros instrumentos; pero debido al problema de la 
conservación diferencial, la utilización de la madera 
no ha quedado evidenciada materialmente en el re-
gistro arqueológico.
La gama de útiles es muy amplia y representativa 
de los distintos períodos que conforman el Paleolíti-
co Superior: las raederas, denticulados, raspadores, 
buriles y puntas foliáceas son algunos de los más 
frecuentes y representativos, apareciendo con sus 
diversas variantes correspondientes a los distintos 
momentos de ocupación de estas cuevas. (ALTUNA 
ET ALII 1995, ficha nº 596).
El utillaje óseo va creciendo en frecuencia y grado 
de elaboración a lo largo del Paleolítico Superior. Así 
se aprecia por ejemplo en Aitzbitarte IV donde los 
niveles más antiguos apenas aportan industria ósea 
hasta que en los niveles solutrenses encontramos 
un fragmento de bastón perforado junto a punzones, 
agujas, biseles y retocadores-compresores; y ya en 
el Magdaleniense, cuando en general se aprecia un 
desarrollo especialmente intenso del utillaje óseo, 
destaca la aparición de un nuevo útil, muy relaciona-
do con los cambios que observamos en las prácticas 
subsistenciales. Nos referimos al arpón, cuya presen-
cia se detecta en Aitzbitarte IV, en el nivel adscrito al 
magdaleniense final (ALTUNA ET ALII 1995, ficha nº 
596).
Tanto la caza y la recolección como la búsqueda de 
materias primas para la fabricación de instrumentos 
u objetos de adorno exigirían a los habitantes del en-
torno de Aitzbitarte cierta movilidad en un radio difí-
cil de precisar. Teniendo en cuenta la existencia de 
restos de malacofauna marina entre los residuos que 
dejaron en las cuevas de Aitzbitarte, se deduce lógi-
camente que en sus desplazamientos se acercaban 
hacia el litoral para llevar a cabo esas actividades de 
marisqueo, quizá en las aguas tranquilas de los es-
tuarios que presumiblemente formaban las desembo-
caduras del Urumea o el Oiartzun, que no olvidemos, 
se encontraban más alejadas en aquella época de la 
línea que forma la costa actual.
El  final  del  Pleistoceno  y  la  consiguiente  transición 
hacia el Holoceno provocaron lentas pero sustan-
ciales tranformaciones en las condiciones medioam-
bientales que hasta entonces habían marcado los 
modos de vida de los grupos humanos paleolíticos. 
A partir del Tardiglaciar, la transición hacia el clima 
actual se caracteriza por la tendencia hacia tempera-
turas medias y precipitaciones más elevadas. El cam-
bio climático propició la elevación general del nivel de 
las aguas marinas debida al deshielo del casquete 
glaciar que cubría el norte y centro de Europa y los 
mayores aportes de las aguas continentales. Nos po-
demos hacer una idea de la magnitud de los cambios 
operados en la delineación de la costa atlántica eu-
ropea si tenemos en cuenta por ejemplo que será a 
partir de estos momentos cuando las aguas del mar 
invadan y conformen lo que actualmente es el Canal 
de la Mancha, dando lugar al carácter insular de las 
tierras británicas, hasta entonces continentales.
En el caso de la costa cantábrica los estudios realiza-
dos hasta el momento sobre la evolución de la línea 
de costa no permiten todavía un conocimiento muy 
preciso de las modificaciones operadas. La tendencia 
a la elevación del nivel del mar ha sido evidenciada 
pero no parece que se pueda caracterizar como un 
ascenso continuado, ya que se han constatado os-
cilaciones de mayor o menor amplitud (CEARRETA, 
EDESO, UGARTE 1992, p. 87-90).
En lo que se refiere al paisaje vegetal, si para el Pleis-
toceno superior hemos de imaginar un paisaje abier-
to con escasas formaciones arbóreas, a partir del 
tardiglaciar el bosque caducifolio comienza a ganar 
terreno progresivamente (ISTURIZ, SANCHEZ 1990 
p. 281). Esta transformación del paisaje vegetal afec-
ta evidentemente tanto a la subsistencia del hombre 
como a la del resto de especies animales, suponien-
do  la  extinción  o  el  desplazamiento  hacia  latitudes 
más septentrionales de las especies incapaces de 
adaptarse a las nuevas condiciones, al mismo tiempo 
que la llegada y extensión de otras que encuentran 
aquí su medio ideal, como es el caso del jabalí. De la 
misma forma, la mayor proximidad del litoral marino 
justifica en parte la mayor importancia del marisqueo 
como práctica subsistencial a partir del Magdalenien-
se  final  y  especialmente  durante  el  Epipaleolítico 
(IMAZ 1990, p. 274).
En cualquier caso, las estrategias subsistenciales 
basadas en la caza y la recolección perduraron en 
el País Vasco atlántico hasta por lo menos la segun-
da mitad del IV Milenio a. C. (ARMENDARIZ 1997, 
p. 25). Pero con la introducción de la agricultura y la 
ganadería, la caza y la recolección fueron perdieron 
importancia pasando a ocupar un lugar cada vez más 
secundario en la dieta alimenticia de las poblaciones 
prehistóricas.
 
Hace 5.000 años: Los primeros agricultores y ga-
naderos.
El Neolítico se suele identificar en el registro arqueo-
lógico por la aparición de evidencias materiales de 
prácticas agrícolas y ganaderas, así como por la pre-
sencia de la cerámica y la técnica del pulimentado 
para la fabricación de útiles líticos. Sin embargo, la 
mera constatación de la presencia de cerámica en un 
yacimiento no tiene por qué significar que sus porta-
dores conocieran o practicaran la agricultura o la ga-

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Geografía e Historia de Donostia / San Sebastián
nadería, y de hecho esto es lo que el registro arqueo-
lógico viene constatando en buena parte de Europa, 
especialmente en su fachada atlántica.
Teniendo en cuenta que las primeras evidencias de 
agricultura y domesticación se han localizado en el 
Próximo  Oriente Asiático  y  datan  aproximadamente 
del 7000 a. C., se puede decir que la Europa atlánti-
ca y dentro de ella la fachada cantábrica peninsular 
se incorporan con cierto retraso al proceso general 
de neolitización. De hecho, la caza y la recolección 
siguieron practicándose simultáneamente con la agri-
cultura y la ganadería durante bastante tiempo, de 
modo que el desplazamiento definitivo de las prime-
ras por las segundas como fuente principal de recur-
sos debió de darse a partir del III Milenio a. C., es 
decir, en pleno Calcolítico, período con el que se in-
augura la denominada Edad de los Metales.
Los más antiguos indicios explícitos de prácticas pro-
ductoras de alimentos cercanas al bajo Urumea se 
han hallado en la cueva de Marizulo, en Urnieta. La 
excavación de este yacimiento permitió descubrir los 
restos de un hombre joven inhumado junto a un pe-
rro y un cordero en un nivel arqueológico datado en 
torno a mediados del IV milenio a. C.(ALTUNA 1980, 
p. 18-19).
Es precisamente la ganadería y en concreto el pas-
toreo trashumante la actividad principal que tradi-
cionalmente se ha atribuido a los constructores de 
megalitos de la vertiente cantábrica. Esta caracteri-
zación económica se apoya fundamentalmente en la 
coincidencia de la situación de los monumentos con 
la de las tradicionales rutas de pastoreo trashumante 
que recorren la distancia entre los pastos invernizos 
próximos al litoral y los pastos de verano en las sie-
rras de Aitzgorri y Aralar. Sin embargo, actualmente 
no todos los especialistas se muestran totalmente de 
acuerdo con esta hipótesis, ya que en su opinión el 
pastoreo trashumante no es posible si no es como 
actividad especializada dentro de una sociedad agrí-
cola compleja (ANDRES 1990, p. 148-150).
En cualquier caso, hoy por hoy no disponemos de da-
tos suficientes sobre la importancia de la agricultura 
que presumiblemente con mayor o menor intensidad 
también debieron practicar estos constructores de 
megalitos. Es de esperar que en los próximos años 
la mayor atención que los arqueólogos prestan ac-
tualmente a la recuperación de restos susceptibles 
de estudio arqueobotánico permita contar con bases 
empíricas más sólidas a partir de las cuales se pue-
da precisar y ponderar la importancia relativa de la 
agricultura y la ganadería en el marco de las estra-
tegias subsistenciales de las primeras comunidades 
productoras cantábricas.
El desarrollo tanto de la agricultura como de la ga-
nadería hubo de conllevar el clareo de los bosques 
mediante tala y/o rozas, así como desmontes para la 
preparación de zonas de cultivo y terrenos de pasto. 
Los hallazgos de útiles destinados a este tipo de ac-
tividades, como por ejemplo un hacha pulida hallada 
fortuitamente en los terrenos del depósito de aguas 
de Putzueta en Txoritokieta (ARKEOIKUSKA 94, pág. 
254-255), constituyen un modesto testimonio mate-
rial de los esfuerzos de aquellas gentes por abrir es-
pacios para la roturación y el pasto, así como para 
la construcción de moradas, cuyos vestigios hoy por 
hoy permanecen ocultas a los ojos de los arqueólo-
gos.
Suponemos que estas viviendas debían de ser mo-
destas cabañas construidas con materiales perece-
deros, como la madera, con suelos apisonados o 
semiexcavados en la roca, aprovechando allí donde 
era factible la roca del lugar, no lejos de las zonas 
de cultivo o los pastizales. Desgraciadamente, este 
tipo de hábitat resulta muy difícil de detectar por el 
Puntos arqueológicamente relevantes: 1 Estación megalítca de Igeldo. 
2. Estación megalítica de Andatza. 3. Estación megatítica Onyi-Mandoegi. 
4 Cueva de Marizulo. 5. Estación megalítica de Igoin-Akola. 6. Cuevas de 
Aizbitarte. 
7. Santiagomendi. 8. Txoritokieta-Putzueta. 9. Parte Vieja de San 
Sebastián y aledaños.

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Geografía e Historia de Donostia / San Sebastián
arqueólogo ya que el paso del tiempo se encarga de ocultar, 
cuando no de destruir las endebles huellas de su existencia.
Pero la dificultad para localizar yacimientos de habitación al 
aire  libre,  que  sin  duda  en  alguna  parte  hubieron  de  existir, 
hace que el aspecto mejor conocido del Neolítico y el Calcolí-
tico en nuestro entorno sea el correspondiente a las prácticas 
funerarias de estas poblaciones, y en concreto, sus lugares de 
enterramiento, es decir, los monumentos megalíticos.
En el actual término municipal de Donostia-San Sebastián y 
sus aledaños se localizan varias estaciones megalíticas de 
diversa importancia. Su descubrimiento es relativamente re-
ciente, de fines de los 70 y sobre todo primeros años 80. Sin 
embargo, de la mayoría de ellos sólo conocemos sus restos 
emergentes en superficie. Es por ello que la datación genérica 
de estos monumentos, entre el final de Neolítico y el inicio de 
la Edad del Bronce para los dólmenes y túmulos, y en la Edad 
del Hierro para los monolitos y círculos de piedras (conocidos 
habitualmente como menhires y crómlech respectivamente, si 
bien no son los términos más apropiados) haya de ser consi-
derada como hipotética y provisional, a falta de excavaciones 
que permitan contrastar su verosimilitud en cada uno de los 
casos.
Nos detendremos siquiera someramente a señalar los aspec-
tos más destacables de las informaciones disponibles hasta el 
momento sobre estos monumentos centrándonos en primer 
lugar en los monumentos que a priori se pueden datar con an-
terioridad a la Edad del Hierro. Nos basaremos para ello prin-
cipalmente en las informaciones que nos ofrece el volumen de 
la Carta Arqueológica de Guipúzcoa dedicado a este tipo de 
monumentos (ALTUNA ET ALII 1990).
En los aledaños de la cima de Igeldo-Mendizorrotz se con-
centran una serie de monumentos de diferentes tipos: dólme-
nes, túmulos y cromlech. Constituyen la estación megalítica de 
Igeldo. Todos ellos se han descubierto en un breve período de 
tiempo, entre 1981 y 1984, pero ninguno de ellos ha sido ex-
cavado. Se sitúan más o menos agrupados: los túmulos en el 
sector más occidental del cordal, en los términos municipales 
de Orio y Usúrbil, más al noreste, ya en el término municipal 
de Donostia-San Sebastián se encuentran los dólmenes de 
Mendizorrotz II, Iturrieta y Arrobizar; y entre unos y otros se en-
cuentran los círculos o cromlech de Aitzazate I y Mendizorrotz 
I, en principio datables en la edad del Hierro.
Desgraciadamente, por diferentes causas algunos de ellos 
se han visto afectados en su conservación, e incluso uno de 
ellos, el dolmen de Mendizorrotz II, quedó destruido en 1989 a 
consecuencia de trabajos de explanación para la construcción 
de un chalet. De él no nos quedan más que los escasos y dis-
persos materiales que investigadores de la Sociedad Aranzadi 
pudieron rescatar tras un rastreo concienzudo de las tierras 
removidas una vez consumada su destrucción: una punta de 
flecha,  un  pequeño  raspador,  varias  lascas  retocadas  y  sin 
retocar. Estos objetos les han permitido datar el monumento 
desaparecido en el Calcolítico, período también denominado 
Edad del Cobre o Eneolítico, es decir, la fase de transición 
entre el Neolítico y la Edad del Bronce. No es éste monumento 
el único afectado por la mano del hombre, ya que el túmulo de 
Cuevas de Aizpitarte

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Geografía e Historia de Donostia / San Sebastián
Tontortxiki III se encuentra prácticamente arrasado, y en los tú-
mulos de Tontortxiki I y Tontortxiki II se puede apreciar un cráter 
central, debido quizá a la búsqueda de objetos de valor alimen-
tada por la vieja tradición popular de la existencia de "tesoros" 
en estos monumentos.
En las laderas del monte Andatza han sido localizados 8 dolme-
nes y una cista, ésta última de cronología no precisable. En con-
creto en el pertenecido de Zubieta se encuentran tres dolmenes: 
Olaiko, Karramiolotz y Arkutxa. Los tres fueron descubiertos en 
1983, ninguno de ellos ha sido excavado.
La estación de Txoritokieta comprende un único dolmen, Aitze-
tako Txabala y un monolito. El dolmen fue excavado en 1963 
por J. M. Barandiarán, sin que se recuperara material alguno. 
El monolito, situado en las cercanías del caserío Floreaga, sirve 
actualmente de mojón de término o mugarri entre los términos 
municipales de Astigarraga y Rentería. Su cronología resulta di-
fícil de determinar a falta de una excavación, pero posiblemente 
su presencia se remonta a la época prehistórica.
La estación de Igoin-Akola se encuentra en el cordal que se ex-
tiende desde Fagollaga (Hernani) hasta el arroyo de Landarba-
so, donde contamos con una importante concentración de mo-
numentos: catorce dólmenes, un túmulo y un monolito. En el 
pertenecido de Landarbaso, término municipal de Donostia-San 
Sebastián, se ubican ocho dólmenes. Aunque algunos de ellos, 
fundamentalmente los que se encuentran en el entorno de Epe-
leko, en Hernani, se conocen desde las primeras décadas de 
este siglo, los localizados en las laderas de Landarbaso han sido 
descubiertos a finales de los años 70 y sobre todo en los prime-
ros años 80. Sólo uno de ellos ha sido excavado, se trata del 
denominado Landarbaso I.
La excavación de este monumento fue llevada a cabo en 1950 
por T. Atauri, J. Elósegi y M. Laborde. Bajo un túmulo de unos 10 
m de diámetro se encontraba la cámara de planta rectangular
formada por cuatro losas, bajo la cual se descubrió la existencia 
de una pequeña fosa circular. Los materiales recuperados por 
la  excavación  fueron  escasos,  constatación  habitual  en  estos 
monumentos megalíticos: una pequeña hacha pulida, y diver-
sas piezas de sílex tallado, entre las que destaca un microlito 
geométrico, junto con un recipiente cerámico fragmentado de 
forma ovoidea, que muy posiblemente corresponde a una intru-
sión muy posterior a la utilización del monumento como lugar de 
enterramiento.
 

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