Separata: Noticias etnográficas por Ángel Carril Colección Bernardino Sánchez Ediciones Bracamonte Peñaranda de Bracamonte, mim


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Tierra de

Peñaranda

Edición digital a partir de la publicada en

Peñaranda de Bracamonte en 1990

Separata:

Noticias etnográficas

por Ángel Carril

Colección

Bernardino Sánchez

Ediciones Bracamonte

Peñaranda de Bracamonte, MIM


La 

Colección Bernardino Sánchez 

es una iniciativa de la Biblioteca

Municipal de Peñaranda de Bracamonte (Salamanca) que, apoyándose en

las nuevas oportunidades que ofrecen las actuales tecnologías de

comunicación, pretende fomentar la creación y la difusión de obras y

autores vinculados a la comunidad peñarandina.

Sus publicaciones son siempre en formato digital y su difusión, gratuita.

La 


Biblioteca Municipal de Peñaranda

 está ubicada en y gestionada por

el Centro de Desarrollo Sociocultural de la Fundación Germán Sánchez

Ruipérez.



Ediciones Bracamonte 

es un sello editorial perteneciente al Excmo.

Ayuntamiento de Peñaranda de Bracamonte, cuya gestión corresponde

asimismo al Centro de la Fundación.

Reservados todos los derechos

© de los textos, Fundación Germán Sánchez Ruipérez., Valentín Cabero,

Ana Carabias, Marciano Sánchez, Antonio Casaseca, Angel Carril

© de la edición electrónica, Fundación Germán Sánchez Ruipérez

    Centro de Desarrollo Sociocultural

    Pza de España, 14

    37300 Peñaranda de Bracamonte (Salamanca)

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    Deposito legal: S.450-1999


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Noticias etnográficas

Á

NGEL 

C

ARRIL

Director del Centro de Cultura

Tradicional de la Diputación de Salamanca

Atrevido es el intento de dar cuerpo común, desde el punto de vista etnográfico, a

la treintena larga de localidades sobre la cual hemos de centrar nuestra atención,

máxime cuando la geografía y la historia han marcado pautas delimitadoras de

índole diversa. Las formas de vida, la idiosincrasia, el acervo cultural, en suma,

imprimen carácter, y éste transciende conceptos comunitarios por encima de

cualquier vínculo jurídico o administrativo que imponga el hombre en su afán

coordinador. Aceptemos, pues, que vamos a conjugar en estas páginas vivencias y

aconteceres muy variados, tanto como lo son los pueblos que —partiendo de

comarcas tan definidas como La Tierra de Peñaranda, Cantalapiedra o Las Vi/las,

con incursiones en Las Tierras de Alba Las Guareñas— configuran el área a

descubrir.



Labores y arte popular

Labradores, hortelanos y ganaderos de nuestro ámbito han compartido esfuerzos

con otros paisanos dedicados a quehaceres artesanales. Así, gran número de

localidades buscaron sus economías en las viejas técnicas cesteras, ocupando

Villoruela el puesto más destacado entre sus vecinos. Babilafuente, Cantaracillo,

Mancera y algunos otros dedicaron tiempo y bregar en sus tejares. Hojalateros,

caldereros y plateros peñarandinos, herreros de tordillos, Rágama y Cantalpino,

junto a carreteros de Villaflores, Nava de Sotrobal y el mismo Cantalpino, por

ejemplo, atendieron otrora la demanda no solo interior, sino de las cercanías

vallisoletanas y abulenses. El buen hacer de estos talleres de carros y la colorista

impronta de renombrados pintores como los de Macotera, dieron luz a una de las

muestras más genuinas del arte popular salmantino. Carpinteros, ebanistas, silleros

de Villoria, Zorita de la Frontera, Alconada, Cordovilla, Macotera, Palaciosrubios

y Peñaranda hallaron en la madera su modus vivendi.

El mundo textil tuvo por estos predios, en el pasado, pujante notoriedad. Lavaderos

de lana, fábricas de paños, enjalmadores, telares de jerga, etc., han resumido su

existencia, hasta hace pocos años, en las bellísimas alfombras, mantas y colchas

nacidas de la trama, urdimbre y manos de macoteranos y calabreses. Igualmente,

Cantalapiedra contaba con una de las fábricas de sombreros más antiguas de

España. Peñaranda tuvo tradición en complementos de indumentaria, contando



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entre sus industrias la confección de boinas y guantes. También aquí llegó a existir

algún alfarero, pero en ese tema es

obligada la alusión a los tinajeros y

cacharreros de Cantalapiedra, de cuyas

medas y tornos salen esas «mayas» y

barriles de tan personal hechura. En

ambas poblaciones hubo fabricación de

chocolates; de queso en Villaflores y de

cera en Babilafuente, Macotera y

Peñaranda.

La piel ha recibido en esta zona cuantos

tratamientos y posibilidades ella ofrece.

Curtidores, boteros, guarnicioneros y

zapateros abrieron tajo en Salmoral,

Ventosa del Río Almar, Poveda de las

Cintas, Alaraz y Macotera, ofreciendo

aún al día de hoy sus manufacturados

alguno de estos centros.



Fiestas agrarias y cultos funerarios

Pero aunque el trabajo ha sido la pauta dominante en la realidad del mundo rural, la

fiesta como catarsis integradora y liberalizadora también ha tenido su espacio y

tiempo. Por su carácter extraordinario es puente entre los distintos ciclos anuales.

Dilatado sería un repaso por el calendario de las onomásticas patronales y de las

celebraciones menores; no obstante, la ubicación cronológica en la demarcación

que tratamos responde perfectamente a dos conceptos, auténticos motores de la

vida: el material y el espiritual. Respecto al primero, la situación festiva evidencia

la economía eminentemente agraria de sus municipios: numerosas festividades en

primavera e invierno, escasas en otoño y puntualmente señaladas en verano. El

mundo de lo espiritual, amén de los diales generalizados en toda la provincia de

Salamanca, destaca por el fuerte arraigo de cultos funerarios.

Rompe cotidianeidades en muchos lugares San Antón, como primera cita en el

almanaque con la bendición de animales y sus rituales circunvalaciones al templo

parroquial, avisados para ello por los rapaces que, en Peñaranda, colgarán sus

cencerros del cuello, compitiendo en sonido con estos a través de su propio



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griterío. Toda la cabaña lugareña será conducida hasta los iconográficos pies del

santo eremita, pero de entre ellas destacarán las engalanadas caballerías que, por la

tarde, aumentarán su protagonismo —por ejemplo en Santiago de la Puebla— con

los mociles entretenimientos de «correr los gallos». En Tarazona, las mujeres

jugarán «al cántaro», y en Macotera soltarán, previa señalización con una cinta

roja, el gorrino «sanantón».

El segundo de febrero, los nacidos en el año en Nava

de Sotrobal o Palaciosrubios serán ofrecidos en el

templo junto a simbólicas velas, tortas y

palomas que de nuevo alcanzarán su libertad. Es el

día de las Candelas, la purificación de Nuestra

Señora. Arabayona y Babilafuente cogen el relevo

festivo honrando a San Blas y buscando en sus

gargantillas médica protección. Y el mes loco sigue

generoso en asueto, sobradamente anunciado ahora

por las aguederas de Mancera y sus postulaciones

callejeras para «bien cumplir la vara» y cantar

aquello de «Santa Agueda, Mágueda...» 

.

El «Capitán» antojadizo de Paradinas es desfile que



nos deja la pincelada carnavalera matutina,

recibiendo la tarde del martes en Poveda de las

Cintas mozos de elegantes zahones, puros

«bordados», la misión de «correr las cintas» y la

intención de regalar a su novia la cabeza de un

lascivo gallo como trofeo trabajosamente ganado. Y

como en estos días de antruejo no pueden faltar las

mascaradas, Tarazona aporta su «vaca carpintera»,

estructura de madera a la cual sujetaban una

cornamenta y que sobre sí —para embestir y topar—

soportaría algún jovenzuelo con ganas de jolgorio.

Los cuaresmeros y sus sermones «del ejemplo, del perdón y de las gracias» hacen

olvidar las carnestolendas y reconvertir nuestros cuerpos y almas. Dos veces

Macotera acogerá su visita, la primera sembrando reflexiones, la segunda

recogiendo generosidades cuando, allá por septiembre, las paneras tengan un poco

más de alegría que en el duro invierno. Pero alguna licencia tampoco viene mal

entre tanta austeridad. Y por ello, los mozalbetes de Moríñigo, aviados de grandes


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palos, solicitarían, con aconsejable voluntad, aportaciones de casa en casa, so pena

de sufrir la interpelada vecindad aquella burlesca cantinela: «la vieja, la vieja, la tía

maravieja, si no nos das el aguinaldo, te partimos la pelleja».

Es marzo mes parco en reuniones festivas, no solamente aquí, sino por todo el solar

comunitario castellano-leonés. Por ello, que Paradinas de San Juan el día 24

celebre honras en torno a su virgen patrona, aparecida sobre un hinojo, llama

nuestra atención, máxime cuando en ella se lleva a cabo un singular ofertorio,

conocido como «la corderada» por la presencia en las dádivas de estos animalitos.

La Semana Santa en estas tierras tiene dos citas con predicamento. En Canta-

lapiedra la procesión del «Dainos» con el antañón recuerdo de la súplica cacharrera

«

 . 


.dainos, señor, buena suerte, por tu santísima muerte», y en Peñaranda el desfile

del «Santo Cristo de la Cama» y el infantil cortejo y ofertorio de Las Velas». En el

siglo XVIII Macotera era escenario, el Jueves Santo, del disciplinante caminar de

los cofrades de la «Vera Cruz». Hermanos flagelados y otros promesantes portando

cirios, cruces o calaveras antecederían a las «danzas de la muerte» con sus

enmascarados esqueletos danzantes, armados de metafóricas guadañas. El lunes de

Pascua, la «Fiesta del Voto» en Villoria y en Alaraz la romería del Santo Cristo del

Monte devuelven el talante lúdico por estos pagos, que retornará su esplendor con

la llegada de mayo.

San Segundo, en Cantaracillo, el 2 del florido mes,

es convocatoria para rondas amorosas con pujas en

«cuartillas» e impuesto a los solteros de «el corre-

mozo» para sufragar las demandas vinateras. La

Invención de la Santa Cruz por Santa Elena es allí

festejada con la plantación del árbol «mayo». En

Babilafuente con la infantil cuestación para la

«Cruz de mayo, San Felipe y Santiago». Y en

Macotera, con doble siembra arbórea, procesión del

Nazareno y el rosario llamado de «los mil jesuses».

Nuevamente esa traslación de la naturaleza hasta el

espacio urbano que conlleva el levantamiento del

«mayo» se lleva a cabo en Aldeaseca el 14 de este

mes, recibiendo para ello, fuerza, calor y luz de las «luminarias» hechas con viejas

colleras y que antecedían tan complicado menester; empeño que ocupaba el día 30

de abril en Santiago de la Puebla. Mediado mayo, llega el humilde San Isidro,


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agricultor como los hombres de esta tierra; y así lo pregonan las fiestas que tenían

ocasión en Moríñigo, Cordovilla o Villar de Gallimazo.

Es el Corpus Christi la siguiente referencia festiva, «Jueves Mayor» en Peñaranda

con prolongación litúrgica en el «Domingo de Sacramento», jornadas ambas que

acogerán por las calles de la villa el paso del Santísimo. En Macotera, los

mayordomos de la Cruz prepararían el «Domingo de la Santísima Trinidad»

(anterior a la gran cita) los lugares donde habría de parar la cristiana manifestación,

es decir, los altares. En ellos disponían, en ciertas poblaciones, a los recién nacidos

para recibir el beneficio de tan gran visita. En Tarazona de Guareña colocaban

también cántaros con agua para luego aspergiar con ésta casas y ganados.

El 13 de junio nuevamente el fuego es motivo de atracción, para lo cual se prepara

una estructura de la que se cuelgan los inservibles aparejos de las caballerías, todo

bajo la protección del fraile paduano San Antonio, milagrero en asuntos de amores

y pérdidas. «Mayo» y enramadas a las enamoradas serían los entretenimientos de

los mozos en Babilafuente la mágica noche de San Juan. La respuesta de sus

obsequiadas galanas sería una pulida 



esca

rapela que lucirían éstos en sus gorras a lo

largo del año.

Poco menos de un mes para otra cita de interés. La Virgen del Carmen, el 16 de

julio, subirá desde el altar a su camerín en El Pedroso de la Armuña, gracias al

ingenio y fe popular. «Por Santiago y Santa Ana

pintan uvas 

por Nuestra Señora ya están



maduras», reza el refrán; pero algo más que

atender las vides tienen que hacer en el pueblo del

“lagarto” (que entre varios decires procede del río

Margañán) y en Macotera. En Santiago de la

Puebla honran al Apóstol el día 25, ocasión que

en las cercanías macoteranas esperaban para

sortear los novillos de las agostizas fiestas

patronales y celebrar las sencillas gentes obreras a

Santa Ana el día 26.

Rágama da la bienvenida a agosto con jornada

mariana: Nuestra Señora de las Nieves. En este mes, San Roque es loa, charrada y

anárquica procesión en el pueblo de los apodos, Macotera. Fuego de municipales

hogueras y baile de rueda en el lugar de las medicinales aguas de «La Fuente del

Caño», Babilafuente. San Bartolomé, aquel que según su oración «en la casa donde



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fuera mentado, no caerá piedra ni rayo, ni mujer morirá de parto, ni niño de

espanto, ni labrador en el campo, ni doncella perderá su grado» supondría en

Huerta días de descanso en la recta final de agosto. De igual manera que San

Ramón Nonato en Ventosa del Río Almar, compartiendo ambos escogidos

celestiales patronazgo para alumbramientos difíciles. Villaflores, en el mismo

período, da culto al obispo de Hipona —protector de las enfermedades

contagiosas— San Agustín.

El 8 de septiembre, Natividad de la Virgen, es alto en el camino en Cantalapiedra

para venerar a Nuestra Señora de la Misericordia; en Macotera para hacerlo bajo la

advocación de la Encina; de la Vega en Villoria; del Carmen en Tordillos, y del

Hinojal en Paradinas de San Juan, ocasión que aprovecharán los devotos romeros

para recoger agua del milagroso pozo allí existente, benéfica, según decires, contra

la viruela. Y a punto de concluir este mes, Tarazona de Guareña y Zorita de la

Frontera dan culto al arcángel San Miguel y recuerdan que en ese día finalizaban

los arriendos «de por año».

Despide octubre el Cristo de Hornillos en Arabayona y llega el «dichoso mes, que

entra con los Santos —y por tanto romería peñarandina al monte Arauzo y atadura

de pañuelos a las cruces sepulcrales por las juventudes de Tarazona— y acaba con

San Andrés», día de ponerse «los majos» en Palaciosrubios. El 2 de noviembre se

escucharía, desde sus primeros minutos de existencia, el toque lastimero de

campanas en la práctica totalidad de pueblos del área. Junto a ese doblar, la

invitación piadosa a la oración del esquilón que algún hombre —en Babilafuente y

bajo promesa— hacía sonar, acompañando el metálico aviso con imprecaciones

piadosas similares a los femeninos gritos que sobrecogían el alma de los

macoteranos: «¡¡Animas benditas,

benditas ánimas!!». En esta población,

después de la visita al Campo Santo,

las buenas costumbres dictaban visitar

a las familias que en el año hubiesen

perdido algún ser querido.

El «nochebueno» abre nuestra

memoria navideña con todo su valor

simbólico. En la Navidad de estos

predios, ese tronco que comenzaba su combustión en la extraordinaria noche del 24

de Diciembre protegería con su humo cuanto de negativo pudiese rondar nuestro


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hogar. Por las calles de Peñaranda, zambombas barrileras, óseas «carrascas»,

«yerros» y panderetas ambientan el aguinaldo de matrimonios hasta el venidero 

25.

Pocas horas más tarde, el 26, los quintos de Alaraz piden por el pueblo y las

dehesas su «marza», obsequio que lleva su nombre, recuerdo histórico de otros

calendarios, aquellos en que era marzo el mes que rompía aguas y saludaba un

nuevo acontecer anual. Enero era esperado con la ilusión infantil de los Reyes

Magos, los cuales —decían en Ventosa del Río Almar— vendrían con un higo de

la mano recitando: «Alejí, alejí con la boca abierta y el higo te metí»; pero alguna

que otra chuchería, además de estos «aleluyas», justificarían su inquietud, por

ejemplo de la consabida «caja de anguila» o de «rica gloria»; o como hacían en

Villoria, unas »mamaderas» —menguados choricillos aprovechando trozos de tripa

rotos— que regalaban los padrinos a sus ahijados. Por cierto, eran los pequeñuelos

y forasteros las víctimas propicias de las bromas matanceras, cumpliendo

diligentemente con ese desenfadado encargo de «ir a buscar a casa de fulano o

citano la máquina de abrir bocas». A duras penas cumplirían el «mandao»,

transportando un saco sobrecargado en su interior de cualquier pesado elemento.

Pero como donde las dan las toman, el humo de una «zahumaza» obligaría a salir

más que a prisa a los chancescos e ingeniosos adultos, ocupados en las faenas

propias de ese acto, entre trabajo y fiesta, que es la matanza.

Retomando el calendario festivo, pero ya metidos en temática gastronómica, una

longaniza con 24 tajaduras sería regalo que por Navidad se daba a los que casaban

en el año en Peñaranda; ciudad ésta que en tales fechas era escenario de un jueves

de mercado especial, el llamado «jueves del turrón». Esta mercantil convocatoria,

que hunde sus raíces en el siglo XIV, ha llegado incluso a ser apellido de la villa en

alguna etapa histórica, conociendo tal jornada de la semana toda suerte de tratos y

vendejas, cambiando solamente por fuerza mayor su cita en el caso que ese día

fuere fiesta de precepto, por lo cual se pasaría al miércoles anterior y dando al

mismo el apelativo de «jueves

falso». Curiosamente en esta

población, cabecera de comarca,

gustan de bautizar los días

personalizándolos por su

peculiaridad; recordemos los

citados «jueves mayor» o

«domingo del Sacramento»,

topándonos con un «martes de los

rebojos» como conclusión del



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encuentro con el salmantinísimo hornazo del «lunes de aguas», festejo que en

Tarazona de Guareña distinguían como «lunes de tortillas».

Rara festividad hay que considerar aquella que entre su programa no tiene

presentes los momentos de colaciones y yantares. Confirma nuestra aseveración,

sin ir más lejos, el convite preparado por los mayordomos de la Santa Cruz en

Alaraz, conocido como dar «las cantillas» y consistente en un agasajo a base de

rosquillas de anís y vino de la tierra. Por cierto, parece que esta fórmula repostera

que es la rosquilla goza de buen aprecio por estos pueblos, ofertando suculentas

variedades: «roscas panaderas» en Poveda de las Cintas, «pelusas» en Villar de

Gallimazo, «cagadas de gato» en Tarazona de Guareña, etc. Y para bien pasar el

dulce, un traguito de «pin-pin», «aguapié» o «vino caldo» pueden ser inmejorables

compañías. De Alaraz la primera, aprovechando los últimos escurridos al pisar la

uva y alegrándolo con aguardiente. Más ligera es la segunda receta, recogida en

Villoria, resultante de añadir un poco de agua a la cuba en donde —hasta tal

empleo— el vino mojaba sus duelas. Completa la triada la componenda

peñarandina, propia de los carnavales que preparaban en La Alhóndiga, cuyo

ingrediente básico era el vino, en es te caso caliente y azucarado, suavizadas sus

propiedades con un poquito de agua.

Aunque no sea en la actualidad zona especialmente vinícola, las bodegas tampoco

por aquí han curado caldos foráneos, «pisando» en algunos sitios lo justo para «el

gasto de casa» y en otros incluso para vender. Señal de tal opción era colocar una

bandera roja atada a la reja de una ventana en aquella casa que quisiera ofrecer sus

excedentes. Esta costumbre inspira una copla macoterana rezumante de charruna

ironía:


«quítate de esa ventana

 no me seas ventanera,

 que la cuba de buen vino

 no necesita bandera»

En Babilafuente y para evitar apropiaciones indebidas, una vez que las vides

entraban en la recta final de su ciclo, dos guardias vigilarían aquellos pagos,

permitiendo exclusivamente la entrada el intitulado «día de licencia o de antuya»,

próximo a la festividad de San Mateo. En esa jornada se cortaba lo justo para

«hacer la tinaja» y poder tirar con ella hasta la definitiva vendimia.


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El día se completaba con merienda y «lagarejos», siempre y cuando el tiempo lo

permitiera y los avances de los calendariegos no hubiesen pronosticado «tronera» o

«brujas de Tarazona», expresión de Poveda de las Cintas para denominar las

polvaredas estivales. En Huerta interpretarían «el correr de las estrellas» (fugaces)

para saber la dirección por donde el viento dominaría, atendiendo en los primeros

días de agosto el desarrollo de nubes y aires para establecer el vaticinio

meteorológico anual de las cabañuelas, «cabichuelas» en Cantalapiedra,

«canículas» en Macotera. Una preocupación especial justifica estas actuaciones: la

predicción de tormentas. Decían en Alaraz que Dios podría castigar a quien

atrevidamente describiera el nublado como «nubes negras», aconsejando para

evitar tal posibilidad definirlas eufemísticamente como «obscuras». Desde ellas,

los genios «reñuberos» nos lanzan los rayos y éstos penetran siete estadios bajo el

suelo ascendiendo su materialización la «piedra de guijo», uno de cada siete años.

Quien la encontrare hallaría en ella talismán, que no solo le protegería de las

veleidades atmosféricas sino que sería positiva para aliviar ciertas dolencias. En

Huerta, por ejemplo, con la «piedra de rayo» se frotaban las articulaciones cuando

estas se resentían.

Villoria conmemora el «lunes de albillo» el milagroso suceso acaecido el Jueves

Santo de 1845, fecha de feliz memoria de la cual salieron ilesos sus vecinos

después de la caída de una «chispa» en la iglesia parroquial durante los oficios

divinos. En recuerdo de tal suerte, celebraban la ya aludida «Fiesta del Voto». Por

cierto, en Nava de Sotrobal creían que los nacidos en el Jueves de Pasión tenían

poderes como «saludadores». Y si en Poveda de las Cintas ese día se apagan las

velas en la procesión, mal año de garbanzos cabría esperar.

En Campo de Peñaranda aseguraban que a los tres días de la presencia de algún

«sartenero-lañador» llovería, es decir, «tocaba la caldereta». Y porque de Santa

Bárbara sólo nos acordamos cuando truena, bueno es saber un suplicatorio que a

esta rezan por allí: «Barbara bella, líbranos de rayos y centellas«, acompañando

con alguna lamparilla tal invocación. Luz, pero de cera virgen, era la que

acompañaba a los alumbramientos en Zorita de la Frontera. Una vez que

comenzaba el período de expulsión, encenderían por estos lares una vela a la cual

habrían previamente atado lazos de diferentes colores en distintas alturas,

«excitando el parto» —según su entender— conforme el fuego alcanzaba cada

cinta. En Salmoral untaban el ombligo del recién nacido con hollín para acelerar su

cicatrización ya cortado el «rendal» (cordón umbilical en expresión de Zorita de la


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Frontera). Si el pueperio había sido de mellizos, se felicitarían en Nava de Sotrobal,

pues la ropa de estos tenía cierto efecto calmante para dolores de tripa.

Creencias, supersticiones, sabiduría. Fiesta,

sentido del rito y medios de subsistencia. Esto y

mucho más configura esa forma de vida que

definimos como tradicional; folklore según el

entender de algunos, ciencia para la etnografía y

realidad integradora para quienes creemos que

el mejor camino hacia lo universal es conocer lo

particular.

He aquí nuestro reto, recoger el testigo que

hombres y mujeres de Las Villas, Las Guareñas,

las Tierras de Alba, Peñaranda y

Cantalapiedra nos han legado como acervo

cultural.



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